Las aventuras de Aylin: el origen (III)

hipogrifo
En la entrada anterior…

Con la aprobación de Karthis, los dos jóvenes emprenderían su viaje al día siguiente temprano por la mañana. Después de 17 años Eisgon saldría a explorar mundo, algo que nunca había imaginado hasta que Ildrag apareció en su vida. Era ella quien había motivado ese cambio y en menos de doce horas pondrían rumbo a las montañas Heirguin.
Esa noche lo prepararon todo. Pasada medianoche y sigilosamente fueron al Santuario, la puerta estaba cerrada, así que se las ingeniaron para oder entrar por la ventana superior. Ildrag entró primero y percibió que no estaban solos…

  • Eisgon – dijo con la voz ahogada – a tu derecha…


 
 

Secretos ocultos en Askuten

 

  • ¡Ah! – gritó sin poderlo controlar.

Murciélagos empezaron a revolotear en el interior del la sala, dos círculos rojos coral emergieron del fondo, haciéndose cada vez más grandes. A un metro de su rostro se dio cuenta que clase de animal era. No era un animal cualquiera. Un hipogrifo, criatura mitológica mitad águila gigante mitad caballo. Lo estaba olisqueando, tarde para reaccionar pero tenía que mantener la calma. Los jóvenes se quedaron quietos y pasados unos minutos el animal se retiró. No podían creer lo que acababa de pasar, empezaron a buscar a oscuras, pero ¿qué buscaban? Otras preguntas atormentaban a Eisgon, ¿qué acababa de pasar?, ¿por qué no sabía nada de eso?, ¿qué protegía?

 

Del fondo de la sala justo detrás del animal había una puerta de la que emanaba una luz blanca que permitía ahora, ver el interior. ¿Tendrá algo que ver lo que protege la criatura con el mensaje de su padre? Ildrag cogió un tablón que usó para despertar al hipogrifo. Eisgon entendió al instante lo que estaba intentando hacer su compañera, alejarlo de la puerta para que él pudiera entrar. Al instante los círculos rojos habían aparecido nuevamente, chillidos y ruidos de cadenas sonaban cada vez más fuerte, lo estaba enfureciendo.

 

  • ¡Entra! – le espetó Ildrag

 

De un salto, Eisgon abrió la puerta cerrándola justo detrás. Podía oír a su amiga y al animal en la sala contigua pero tenía que apresurarse. No sabía bien que era aquello que tenía delante, una esfera que desprendía un intenso color blanco, tenía algo gravado, algo que no conseguía entender. Sacó de la bolsa un trapo viejo con el que cubrió el objeto antes de meterlo en la mochila.

 

Al salir de nuevo a la sala principal Ildrag estaba bajo el animal, éste la tenía cogida, estaba preparando sus garras para clavárselas en el pecho. En un acto inconsciente Eisgon sacó la esfera de la bolsa, un destello fugaz dejó completamente petrificado al hipogrifo y en un abrir y cerrar de ojos la esfera lo había absorbido. Sin detenerse y temiendo que los aldeanos se hubieran despertado por el ruido, salieron por la ventana que habían entrado y sin parar de correr volvieron al establo. Afuera parecía que la tranquilidad de aquella noche de otoño no había sido perturbada. Era muy importante que descansaran ya que les esperaba un largo viaje donde tendrían tiempo de comentar y analizar todo lo sucedido.

 

Temprano al albs con el primer cantar del gallo, estaban saliendo con las bolsas cargadas también llevaban el desconocido objeto que habían conseguido la noche anterior. Antes de emprender la marcha tenían que pasar por el granero; abastecerse de trigo y pan.

Los caballos estaban listos. Saldrían de la propiedad por el este, la extensión del terreno suponía unos treinta minutos a trote. Eisgon era ahora mismo una mezcla inestable de emociones. El miedo de adentrarse a lo desconocido por le hecho de salir de su zona de confort y la ilusión de iniciar un camino nuevo y excitante. La tristeza también por dejar atrás todo lo que era, de vez en cuando echaba la mirada atrás y con dificultad podía ahora ver el farolillo de luz amarilla situado encima de la puerta principal.

 

Por su parte también Ildrag estaba librando una batalla interna de sentimientos encontrados. El hecho de contar con un compañero de aventuras por primera vez, la nostalgia de dejar un estilo de vida que la había alejado de la incertidumbre y lo desconocido de su etapa más juvenil. La emoción y adrenalina que le generaba pensar que pronto estaría descubriendo nuevos horizontes. El conocimiento era su gran quimera.

Tan cerca el uno del otro dirigiéndose a su primera aventura pero a la vez tan lejos emocionalmente. Las batallas individuales de cada uno los hacía vulnerables pero al mismo tiempo les reforzaban como grupo. Sus miedos, sus inquietudes, sus derrotas y victorias…

Mañana por la mañana pondrían por fin comienzo a su aventura: las montañas Heirguin, donde además aprovecharían para hablar de todo lo acontecido en la larga travesía que les aguardaba…

 
 

Entrada de la segunda parte. Las aventuras de Aylin: El origen (II). HAZ CLICK AQUÍ.

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